Las anécdotas del profesor - p.2

5. Durante una reunión del Comité de Expertos de la Exposición de Sevilla (EXPO), en Madrid, D. Severo tuvo un desvanecimiento. La verdad es que nos quedamos prácticamente solos Marino Gómez Santos, alguien más que no recuerdo y yo, llamamos a una ambulancia y tuvimos que hacer toda clase de presiones para que bajasen a D. Severo en la camilla. Una vez en la ambulancia le llevé a la Clínica de la Concepción, donde inmediatamente bajaron corriendo todos los amigos y excelentes clínicos que allí se encontraban. Cuando lo desnudaron y nos quedamos solos es cuando D. Severo me dijo que cogiese la cartera de su chaqueta y que la guardase. Entonces, al poco rato, me dije: “Ya puedo regresar pronto a Valencia puesto que D. Severo se está recuperando rápidamente”.
6. El número de personas en la Facultad de Medicina de la Universidad de New York interesados en investigación era pequeño pero de gran categoría, especialmente en el departamento de Fisiología y en el de Bacteriología, en el cual tenía un puesto el cáustico y ocurrente Dr. Efraim Racker, uno de los mejores amigos del Profesor Ochoa. Generalmente comía con él y se les unían algunas personas, porque durante estas comidas habían grandes discusiones de Bioquímica. Racker comentaba algunas veces cómo él y D. Severo habían preparado un ATP que les había salido muy extraño al olvidar que el mercurio produce amalgamas y utilizar una vasija metálica en uno de los pasos. Y es que entonces la mayor parte de los productos los tenías que hacer tú, porque no existían compañías como Sigma, compañía que me hace recordar una anécdota que le gustaba mucho a Broida, su fundador. Éste fue a hablar con Kornberg, quien había ido a trabajar con los Cori en San Luis, donde fue nombrado poco después jefe del laboratorio de Microbiología, y le preguntó si le parecía una buena idea el hacer una compañía fabricante de productos bioquímicos. Al parecer, Kornberg dijo: "Esa es la tontería más grande que he oído en mi vida, puesto que yo, en un día y con un conejo, soy capaz de aislar suficiente ATP para todo el año". Como todos sabemos, ahora sin la compañía Sigma cerrarían la mayor parte de los laboratorios del mundo, puesto que dependen de los productos que esta compañía hace.
7. Quiero recordar dos anécdotas del laboratorio de Farmacología, una de ellas con el Profesor Otto Loewi. Éste tenía, en un espacio compartido conmigo, un quimógrafo. Todos los días yo tenía que empujar su material para hacerme sitio y él hacia lo mismo con el mío. Por aquél entonces yo no sabía que ese señor, que me parecía muy mayor, era Premio Nobel. La otra es que la entrada se hacía por la Sala de Disección, lo que no era lo más agradable al llegar por la mañana.
Entre las personas que recuerdo muy bien de aquél año están Arthur Keston, un hombre enormemente ingenioso, pero a quien curiosamente no le gustaba limpiar ningún cacharro en una época en que cada uno se limpiaba los suyos. Así, cuando llegabas como nuevo, venía y te pedía que le prestases el material de vidrio limpio que tenías. Años más tarde me contaron que cuando se abrió su laboratorio en Columbia se encontró un montón de cacharros sucios y un caminito entre todos ellos hasta llegar al banco de trabajo. La capacidad analítica de Keston ha sido extraordinaria y además ganó mucho dinero con inventos tales como el glucostate, para que los diabéticos controlasen su nivel de azúcar midiéndola en la orina o en la saliva.
También venía por el laboratorio Sydney Udenfriend, que no quiso ser estudiante graduado de Ochoa porque tenía que ser en Farmacología. Ochoa ha tenido pocos estudiantes graduados, ya que trabajó casi siempre con post doctorales, pero años más tarde, cuando D. Severo se jubiló de la Universidad de New York, Udenfriend le ofreció un puesto en el recientemente creado por él departamento de investigación de la compañía Roche, donde D. Severo permaneció muy feliz durante unos diez años, hasta su regreso a España. Por cierto que entre sus recuerdos contaba Javier Solana (que lo visitó allí cuando era más físico que político) que compartió la mitad de los sandwiches de D. Severo para su almuerzo. D. Severo, como decía Udenfriend, era el chófer más distinguido de New York; le gustaba tanto conducir que siempre se ofrecía para recoger a distinguidos científicos, y eso les causaba gran hilaridad a éstos: ¡que se les ofreciese como chófer un Premio Nobel!
8. En una de las primeras reuniones del Jurado del Premio “Príncipe de Asturias” de Ciencia y Tecnología, Frances y yo fuimos en el mismo avión que D. Severo y Dña. Carmen. Hacia la hora de la comida íbamos juntos Dña. Carmen, Frances y yo, puesto que D. Severo se había quedado charlando con un amigo. Dña. Carmen dijo que ya era hora de ir a almorzar y yo le recordé que D. Severo había dicho que ya que tenían una cena esa misma noche, lo mejor era tomar sólo un sándwich, a lo que Dña. Carmen dijo: “¿Y quién es Severo para tomar esas decisiones”. Así que comimos el almuerzo seguido de una larga sobremesa.

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