Las anécdotas del profesor - p.3

9. Después de la muerte de Dé Carmen, mientras visitábamos Asturias, nos invitaron a la inauguración de uno de los hospitales que lleva su nombre. Con tal motivo, dieron, tras los tradicionales discursos, un vino de honor. Dispusieron una mesa con dos sillas para D. Severo y mi esposa, Frances, a fin de que estuvieran más cómodos. Como nos habían indicado que se nos invitaba luego a una comida, ambos pensaron que este piscolabis era la comida, por lo que comieron de todo. Cuando les dijeron que la comida tendría lugar en un restaurante cercano, ambos habían comido suficiente, por lo que D. Severo exclamó: “¡Pues yo sólo me comeré una truchiña!”; pero se comió todo cuanto le sirvieron, ¡incluyendo la fabada!
10. En otra ocasión, también poco después de la muerte de Carmen, íbamos con D. Severo paseando y él se cogió del brazo de Frances para ayudarse. La gente se creía que era Dña. Carmen y les hacían toda clase de saludos. D. Severo, a quien como ya he dicho en otras ocasiones le gustaba mucho hablar con Frances por su amor por el inglés, le dijo: “Get used to it”, es decir: “Acostúmbrate”.
11. Entre los muchos lugares que tienen un hospital, un instituto, una calle con el nombre de Severo Ochoa, hay una en Valencia que antes se llamaba calle de la Universidad y que precisamente está al lado de mi casa. Durante unas fiestas de Fallas, D. Severo se empeñó en venir conduciendo, aunque intenté disuadirle de que no lo hiciera, y sin saberlo paró en la misma calle Severo Ochoa. Vió a una mujer que iba con su hijo y bajando la ventanilla le preguntó por la ubicación de esta calle. La mujer, mirando a su hijo, le dijo: “Ves, este señor es Severo Ochoa, está en la calle Severo Ochoa y ¡me pregunta por ella!”
12 En una de sus visitas a Valencia, hubo ocasión de poner una placa en la última casa en la que vivió Santiago Ramón y Cajal. Con este motivo nos acompañó el alcalde de Valencia, Ricard Pérez Casado, que nos prestó su coche.
12. Un día, en mi casa, hablando de zarzuelas y música en general, yo le puse un disco con muchas de las canciones clásicas cantadas por Olga Ramos. Cual sería mi sorpresa cuando comprobé que D. Severo las conocía todas y además las tarareaba. Tanto es así que en una reunión sobre Cajal, después de la cena, dejamos al resto de personas en la hora del café para irnos a oír el disco de Olga Ramos y lo pasó muy bien.
14. Naturalmente, se han dicho muchas falsedades sobre D. Severo; una de ellas es acerca de su deseo de morirse a raíz del fallecimiento de su esposa. Desde luego, Frances puede corroborar, puesto que cuando venía a mi casa ella le preparaba el desayuno, que D. Severo sacaba su cajita con sus numerosas pastillas, unas ocho o nueve, y cuidadosamente, como lo hacía todo, se las tomaba.
15. Estuvimos en el Sidi Saler, en 1988, con motivo de la primera reunión sobre el Genoma Humano. Después estuvimos varias veces más y siempre que iba con él, el maître nos hacía un descuento del 50%, pero cuando yo continué yendo sin él me hacía un descuento del 10 ó 20%, así que comenté a D. Severo que cuando me acompañaba me trataban mucho mejor, y él me dijo: “Entonces me debes el 20%”.
16. Una de las “joyas” que tenemos en la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados es un dibujo, realizado por su esposa Carmen, de D. Severo durmiendo la siesta.
17. D. Severo nunca perdía la calma, de hecho lo he visto una sola vez enfadado y fue con Alan Mehler. Tampoco hablaba mal de nadie, aunque, como yo le decía, es que él hablaba poco, ni tampoco dijo nunca una palabra malsonante. Tanto es así, que en una de sus estancias en La Granda, de donde puede contar muchas anécdotas Teodoro López-Cuesta, fuimos a Gijón un día que llovía mucho e iba conduciendo D. Severo, que era ciego de un ojo y no veía lo peligrosa que era la ciudad con la lluvia. De vez en cuando la gente le insultaba y él decía: “Es que me conocen”. En distancias largas veía bien y no había problemas, pero esa noche le pedí que me dejara conducir, a lo que él se negó. Cuando llegamos a La Granda le dije algo así como “Fantástico”, pero con una palabrota, y aunque yo ya tenía por entonces cerca de 70 años, me “leyó la cartilla” y me dijo que ese tipo de palabras no se decían.18 En una ocasión insistí en que visitásemos la Capilla de San Severo, que fue Obispo de Barcelona. Las monjitas que allí había tuvieron que buscar durante un gran rato hasta que encontraron la reliquia, es decir la tibia de San Severo, como se recuerda en una fotografía en la que se ve a Ochoa en compañía de sus también íntimos amigos, Caty y Rafael Foguet.
También le dije que debíamos visitar una capilla en la catedral, dedicada asimismo a San Severo. Cuando llegamos delante de la capilla sacó monedas y las puso en el cepillo, lo que significa mucho, ya que D. Severo no tenía inconveniente en rellenar un cheque pero no le gustaba utilizar dinero en efectivo.

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